miércoles, 14 de octubre de 2026

Los descensos / La caída eterna y desconocida

 

1.

    Mientras el crepúsculo de la mañana intenta desvanecerse, se divisa en la lejanía una sombra agazapada entre dos coches. Sobre la acera yace lo que parece ser el contenido desparramado de una mochila. A medida que avanza, Elm percibe como se le va anudando cierta tensión en la espalda y cuello. No duda en intentar paliarla mediante suaves contracciones de su mano temblorosa en la zona. Se acerca el momento de la verdad. Suaviza el paso.

Elm encuentra un valle de lágrimas. La figura arrodillada intenta tapar la grieta de sus ojos con las palmas de sus manos. Su mente solo proyecta extrañeza, para luego relajarse con la ratificación de la ausencia de enigma violento. Continua alejándose como si lo que acabara de presenciar no fuera real.


    La aparente infinitud de éste tramo de la calle puede llegar a devorar. Una treta arquitectónica excepcional. En escasos veinte minutos al final de la misma espera la celebración de la prueba al ingreso universitario. El recinto se encuentra a unos ocho minutos caminando.

Se había prometido que no miraría atrás, que debía de concentrarse en la prueba inminente, que nada lo detendría, pero, al volverse un instante, sus pasos empiezan a ser contrarios, descendentes, a pesar de la nula inclinación del terreno. La empatía puede crear un efecto resbaladizo.

Cuanto más cerca está de ella, más dubitativas sus pisadas, más insegura su mirada. Hasta que por un juego del posicionamiento solar, su sombra se abalanza sobre la chica, que pone atención al cambio de paradigma de un respingo, levantando la mirada entumecida cautelosamente.

Enfrente de ella, le pregunta con voz entrecortada qué le sucede, si la puede ayudar en algo. La falda desparramada por el suelo esconde totalmente una de las piernas. Carolina esbozaba con gestos aletargados que se encontraba en plena crisis, dominada por una ansiedad terrible que la deja estéril, un nerviosismo paralizante.

- La he cagado y ahora estoy en la mierda- gimoteó.

Elm, perforado por el alegato, anotó que él también vaticinaba un fracaso demoledor, y, como poseído por un cartón de LSD en la lengua de Paulo Coelho, animó a que no se presentara, pues la preocupación era la antesala del desastre, que mientras existiera una segunda oportunidad, el pulverizador de la derrota proyectaría siempre una victoria difuminada. Apuntillo su replica con un <<¡Qué se jodan! Menos mal que tampoco estudié casi nada como tú.>>. Elm es el típico que estudia con el rebufo de la ansiedad de los últimos momentos. Le recorren ciertos aires de grandiosidad con el deleite del silencio de la noche y la concentración intimista de la luz del flexo.

Carolina contuvo una mirada de reproche, la respiración y cerró los ojos. Hasta que explotó.

- ¡YO SÍ, JODER! -exclama, sollozando con un caudal más profuso-. Llevo todo el año estresada y total para... esto -gimotea mientras saca un pañuelo, se lo restriega por la cara y se suena hasta que queda húmedo. El papel no resiste y los mocos hacen un boquete grotesco-. Yo siempre había sido la lista de clase pero cambié de instituto, subí al bachiller y me di la hostia de mi vida -se lamenta mientras tira el pañuelo con desgana y asco. Acto seguido intenta en vano deshacerse de la viscosidad de su mano con impactos secos al aire-. Tres años en bachiller para ahora derrapar en la última curva. ¡PUTA MADRE!

Inmediatamente, se escucha el estallido de su teléfono sobre el pavimento. Una de las piezas le ha salpicado sobre la cara, configurándole un corte fino y prolongado en el pómulo. Empieza a conducir desganada con el índice alguno de los fragmentos de la pantalla que ha quedado sobre el asfalto. Elm se da cuenta que no es que los conduzca exactamente, sino que se le han quedado pegados e intenta desembarazarse.

- Solía ser la lista hasta antes del accidente, y en el bachiller me hicieron la vida imposible. Yo... yo... Yo solo quería sacarme el título y largarme como el resto sin mirar atrás. Y, luego, ya, tener mi vida.

Suspiró afectado. Elm omitió su paso de cuatro años por bachiller y simplemente dedico una media sonrisa cómplice que dejaba entrever rastros de naranja entre sus dientes. Él no era estúpido pero se automedicaba con decisiones placenteras y postergaba el trabajo hasta demasiado tarde. Ella continuaba formando rastros de caracol tras la pieza.

Un silencio inmisericorde los embistió.

Su inmovilismo delator empezaba a captar la atención de los rezagados. Las fugaces miradas brillaban como el infierno. Si puntuaba, apuñalarían la hoja con tachones violentos en frenesí. Eran figuras aceleradas a paso firme, de colérica concentración inamovible. Otras, repetían, obstinadas con la rabia del esfuerzo, conceptos en alto y releían minúsculas cuadrículas como cazando letras vorazmente.

Se rasgó el silencio.

- En todo caso, lo que tengo claro es que eres una persona puntual y previsora -observó, a pesar que ya solo faltaría un escaso cuarto de hora.

- He de serlo -presentó la ausencia de pierna bajo la falda.

- ... por razones obvias -completó Elm en su mente.


*

    Había algo que no podía arreglar en ella, meditaba. Carolina no tenía la humildad del fracaso asumida: continuaba luchando sin cinismos hasta el final de sus fuerzas. Ambos destinos habían sido entrelazados por la casualidad; el fracaso era tan solo una excusa.


    De repente, Elm, que no miraba a ninguna parte, bostezaba larga y tendidamente hasta casi sentir su mandíbula desencajar, como en un exorcismo. Hasta que ella se percató, le sucedieron 3 ideas demoledoras por la cabeza:

  • 1) El clásico y certero: No se había esforzado lo suficiente. Pero en su cabeza ninguna alarma había saltado ni nadie la había programado. <<Los cerebritos tienen agenda; yo lo escribo todo en el dorso de una cita médica pasada o factura arrugada.>>

  • 2) No pensó que lo que estudiaba estaría enfocado para su futuro laboral. Le pidieron que eligiera a ciegas, con total desconocimiento. No alertan que es algo para toda la vida.

  • 3) Un poco tarde para todas estas gilipolleces, ¿no? Aunque... no estaba todo perdido, solo lo más elemental educativamente. Y si iba a un FP, ¿no tenía más salida laboral? ¿No le daría la nota para una ingeniería? No tenía oportunidades y se daba cuenta ahora... En qué estaría pensando... mierda.


    Se descompuso: se llevó las manos a la cabeza como si fuera a explotarle, parecieron fallarle las piernas y permaneció de cuclillas unos instantes hasta que su trasero impactó contra el pavimento secamente, como un peso muerto. Un rostro apático, desconfigurado, colmaba la performance. En un amago de vitalidad, apretó su mentón contra su pecho en un intento por esconder su cabeza en si mismo pero ya no había marcha atrás.

Ahora ambos gozaban del pavimento, del descenso. Se desinfló justo al lado de una extraña; una extraña forma de acompañar las emociones ajenas. Carolina se sintió compungida, hasta culpable por haberle infectado la tristeza al compartir con el exterior esa escena preocupante, patética y lacrimógena.

Apoyada de la muleta escondida bajo el coche, transportó su enflaquecido cuerpo hasta la silla de ruedas que había estado fuera de plano en un lateral del vehículo todo éste tiempo. Entonces, una gigantesca mano metálica empezó a desplegarse sobre el pavimento, la misma que la depositó delicadamente delante del volante.

Elm, absorto en mitad de la calzada, presenciaba uno de los momentos más eróticos que le había podido proporcionar la ingeniería. El arte de la adaptación, el progreso de la supervivencia y la comodidad; el triunfo de la independencia y el de la dependencia a la máquina, al arte. «Todos estamos gobernados por esa debilidad, pensó Elm», «Todos parte de la máquina». Su vocación de ingeniero había resurgido desde que en la pandemia se había dedicado a construir drones con las piezas que dejaban los que se estrellaban en el suelo de tierra de una pista de aeromodelismo amateur, un lugar recóndito entre los naranjos de su pueblo.


    Ya era demasiado tarde. Carolina ya había saciado su fracaso; era hora de recuperarse y ser productiva de cualquier forma. Bajó la ventanilla por completo.

- Agradezco tu preocupación y espero que te vaya bien... el examen.

No tiene porqué terminar así, quiso decir Elm. Antes de que pudiera meter la llave en el contacto, saltó con una propuesta y ella le miró a los ojos. En la vacuidad de sus miradas surgió una chispa.

- Sube.



2.

    La muleta quedó atrapada en un surco fangoso. La mala suerte y un espasmo seco hizo que las gafas de sol que colgaban del cuello de la camisa de Carolina divisaran el mismo destino.

Carolina lo había llevado a un parque cercano, aparcando bajo la sombra refrescante de un olmo destartalado, haciendo chirriar los neumáticos con el borde de la acera. Antes de apagar el motor, había dejado una vista pensativa en la guantera, sin llegar a abrirla.

- Deberíamos buscar una fuente y deberías haberlas llevado puestas.

Carolina refunfuñó afirmativamente sendas veces con la cabeza gacha. ¿Qué más le podía pasar ya? A veces las cosas pendientes pueden caer por su propio peso (con nuestra ayuda).

- Vives una vida en la que mueres muchas veces...

- ... pero, -interrumpe Carolina-, por muchas veces que mueras, la vida nunca te dejará en paz.

- Maravilloso.

Una vez que sus deliciosas lágrimas de tiramisú ya se habían vertido y evaporado, no quedaba otra cosa que conocerse.

- Eso me recuerda al accidente con la anfetamina. ¿Sabes cómo me quedé sin pierna?

- Un día tonto te levantaste hambrienta y sucedieron cosas.

Carolina carraspeó al mismo tiempo que se erguía.

- No exactamente. Ojalá. Todo comenzó con mi delirio con el League Of Legends.

- ¿Esa mierda para frikis? Espera… Anfetamina, accidente, LOL… ¡¿Qué?!

- Sí, es muy patético. Eran finales de primero de bachiller. Me habían tocado la zona genital intensamente durante todo el curso pero gracias a una ciberamiga había encontrado una forma de distraerme. Lo malo es que también añadía algo de frustración y me quitaba muchas horas de la noche y del día, -quedaran o no-. La cosa es que, aparte, también iba al conservatorio de música con sus correspondientes ensayos y desfiles en fiestas. Y no olvidemos los exámenes y trabajos. Y quedar con algunos chicos que conocía por el juego que solo sabían hablar de sus “elos”, rankeds y esas frikadas. Menos uno, que se dedicaba al menudeo y me consiguió anfetaminas para poder continuar mi tren de vida. El caso es que un día lluvioso fui a toda pastilla con todo el mono o medio colocada a por mi dosis y mi moto resbaló. El quitamiedos también me quitó un trocito de mí. Así es como dejé la música y relajé mi vida. Y, no: no puedo declararme ultrafan de Breaking Bad a pesar de verla toda.

- La serie no -porque es ficción-, pero las pastillicas sí que rulaban, sí...

- Sí -sentenció sin remordimientos.


    El verano acechaba con sigilo pero la insolente primavera lo disuadía con sus ondulantes y aterciopeladas brisas.

Durante la búsqueda de la preciada fuente, Carolina tarareó una conocida canción española de cuyo nombre no quiero acordarme: Mi dulce niña Carolina, no tiene edad para hacer el amor...

- ¿Rarete, no?

- Menuda letrita más pedobaiting -reconoció-. A saber qué más mierdas nos han metido en el cerebro los podemistas.

- Mmm... -Elm no sabía si se trataba de una broma o de una apertura política-. Perro Sanche, Er Coleta, Puigdemón... ¡Muerte a los rojos!


*

    El miedo de ser encontrados les aferró de tal manera que buscaron refugio en las profundidades del parque.

Sin darse cuenta, cayeron en el ostracismo compartido de necesitarse. Les reclamaba la intimidad, la intimidad del placer de comprenderse, conocerse, cuidarse.

Sus manos se entrelazaron. No se intimidaban. Ya habían comprendido más el uno del otro que ninguna otra persona conocida. La situación los predisponía. Los silencios también contenían más de lo que hubieran querido expresar. Era una cogida de mano amistosa, pero también candente.


    Llegaron hasta donde se alzaba una lápida ovalada gigantesca. De su centro pendía un surtidor del que salía un hilo de agua que se depositaba en un recipiente cóncavo. Surgían de sus costados prolongaciones como brazos gigantescos estirados hacia delante, que formaban asientos para el disfrute de hidrataciones ajenas, sin perder detalle del vicioso alarde del bipedismo.

El exterior de los brazos contaba con una incrustación de auténticas piedras de río que emitía un efecto abultado disperso, todo lo contrario que los asientos interiores, de superficie lisa colmada por cuadraditos cerámicos.

Una pequeña nube de avispas pululaba sobre el sumidero anegado, del cual brotaban hierbajos y se desangraba un brick de zumo tumbado y estrujado. En la lejanía podía divisarse otra fuente doble con imponentes leones de rugido acuático, vandalizados por un spray.


    Se dejaron comprender por el brazo del banco, pegando sus cuerpos con sinceridad. Notaron ese leve cosquilleó en las manos que solo se apacigua con el contacto con otro cuerpo. Tanto tiempo solos, eludiendo la responsabilidad humana salvo por aquello accidental y mundano. Tanto tiempo… perdido... Perdidos.

La llama brillaba a fuego lento. Respiraciones entrecortadas, agitadas e inexactas. Había que aprovechar aquel vigor, aquella coincidencia, regalo del destino. Aún quedaba mucho tiempo para las recuperaciones. Pero, ¿lo que estaban recuperando ahora, no era lo más importante?Aproximando sus cuerpos, sus problemas y ansiedades se desvanecían y transformaban en otros más apremiantes.

La ausencia de egoísmo los envolvía y frotaban con mirada expectante la delicadeza de su yugo. Se escurrió por debajo de su falda y contuvo su muñónsito con una mano como si fuera un seno y le entraron ganas de arrodillarse y besarlo.

Comprendía su cuerpo con las manos, intentando retenerla para siempre en todo su conjunto, codiciosamente, como si fuera a agotarse en cualquier momento, como si fuera a caer como arena entre los dedos y fundirse con el suelo. Como si intentara forjar una copia mental de su contorno para recordarla en todo su esplendor. Y ella se ataba a él con sus brazos efervescentes como si estuviera en el borde de una caída eterna y desconocida. Los amantes enmudeciéndose, sellando sus palabras con ansia, agitándose, contándose, oscureciendo sus miradas para comunicarse mediante signos.


    La fábrica había cesado la producción. Una máquina averiada, un incendio, una explosión. El dulce se filtró por las paredes, el suelo, y todo se volvió comestible.


***

    *Nota del autor 2021-2025*: Hace muchos AÑOS que no publico, pero si estás leyendo esto, buenas noticias. Fue debido en gran medida a esta historia, que dista mucho de lo que solía escribir y me dejó en una posición extraña y desagradable, que me hacía rehuir la escritura, ya que me quedaba catatónico cada vez que me ponía delante de ella (y en gran parte por falta de planificación).

En principio esta historia iba a estar situada en 3 meses semiconsecutivos (Junio, Septiembre y Diciembre) de tres años consecutivos donde primero se encontraban antes del examen, el siguiente iban al parque saltándose otra vez la recuperación un año después por un calentón y el tercero celebrarían no volver a presentarse con una tragedia caótica marcada por la droga (y el sexo, tal vez). Precisé eliminar la última parte porque, a pesar de ser divertida y una locura atmosférica, no podría igualar el resto de lo escrito y quedaría en ridículo ante mí mismo.

No obstante, les dejo un fragmento o la idea que iba a conrear: (...)

Nota del autor 2026: ¡Voilà!

***


3.

    Les mentí. Nada fue tan romántico. Desde el momento en el que abrió aquella guantera, desató una maldición. Un acantilado de pecado, tan tentador, introspectivo y polvoriento que cabía por la nariz. Ella se adentró, sin más. Él se desnucaría con cada saliente de la caída.


    Aparecimos en una casa. Las habitaciones se retorcían y encogían con nuestra presencia, todo quebraba, la escalera se deformaba y daba vueltas en espiral. Las formas inanimadas nos miraban con locura furiosa y, aterrorizados, nos agazapábamos en desorden. Y luego el temblor. Perpetuo. Agitándonos hasta quedar diezmados, en un sepulcro de sudor.


    Sus últimas alucinaciones produjeron un corto que mostraba como devoraba a una diminuta Carolina mientras ambos gritaban, él entre bocado y bocado, y, ella, mientras recordaba la canción: … o al final te tendré que comer.


    En otra realidad, la dulce Carolina veía los espasmos del cuerpo de Elm desde el retrovisor, alejándose, desvaneciéndose, sobre el suelo de la entrada de urgencias del hospital.