sábado, 18 de julio de 2020

Anticipación o Para despedir la vida con un regalo


1.

- ¡Eh, jovencito! ¿A dónde te crees que vas así? -protesta Myrna. Inquieta, coge a su hijo de los hombros y lo vuelve hacia ella para reprenderlo más, pero, una vez ve su rostro huidizo y malhumorado por la tosquedad de sus gestos, opta por un tono más sereno; su intento por acuclillarse a la altura de los ojos de Tobías provoca que sus desbordantes muslos prueben la resistencia de los vaqueros, consiguiendo que un pequeño desgarro en las costuras se haga eco en el largo pasillo-. Ponte la chaqueta inmediatamente. Aunque no sientas el frío aún, podrías resfriarte en un rato -le retuerce los brazos inertes y los embute en las mangas-. Tienes que... anticiparte.
El niño arquea las cejas y gesticula los labios como si fuera a balbucear.
- Adelantarte al futuro... ser previsor -aclara.
Absorbidas estas palabras, el niño corre hacia el patio para reunirse  con sus amigos, parándose a mitad carrera a mirar a su madre que con un gesto cariñoso y alentador le invita a continuar. El niño desaparece en la luz deslumbrante que entra por la puerta. Anticipación...


2.

               El guiño resplandeciente de primera hora de la mañana no ha conseguido despertar el profundo sueño de Myrna, ni el majestuoso y abismal trasero de Myrna -catalogado como valle y gruta por ella misma. <<Busco escaladores experimentados y espeleólogas flexibles>> eran una de sus frases fetiche para las webs de citas-, ni los grandes mofletes de Myrna, con forma de pollos asados derretidos, ni las grandes jamones de Myrna, que darían de comer a algún país africano durante años, ni los rollizos brazos de Myrna, propios de un culturista con una sobredosis de los anabolizantes más cutres del mercado negro.
               La inocente fiesta de barrio transcurrió para ella como cualquier otra fiesta. Siguió su rito: primero, atiborrarse de hamburguesas y alitas de pollo hasta notarse embarazada otra vez -la maternidad, ese ominoso vicio femenino-, y, luego, intentó corroer todo el contenido a base de latas de cerveza, y expulsarlo durante las constantes visitas al trono de las damas, que deja de oler a pétalos de rosa y a polvo de hadas cuando Myrna desenvuelve su magia negra.
               Aún sigue babeando sobre el cojín caudalosamente. En sueños, reflexiona: Puede que ya sean las diez... Debería levantarme. Esto es muy raro pero huele bien. ¿Esta casa de pizza se podrá asegurar? ¡Me van a robar las paredes a mordiscos!
Su hijo, en cambio, se encuentra a escasos palmos de ella, sosteniendo algo. ¿Qué es esto, mamá?, se pregunta el niño en voz alta. Un difuso eco exterior llega al sistema nervioso de Myrna. Las legañas matutinas de Myrna son desgarradas con súbita violencia; sus ojos tintados en sangre, ahora, horrorizados, buscan cobijo en el cabecero de la cama. El invertebrado que pende de dos dedos de su hijo boca abajo no para de agitarse pasmosamente.
- Uy, se ha quedado coja -dice el niño sosteniendo ahora solamente una pata. La cucaracha ha caído al suelo y ha buscado refugió en la oscuridad de la cama. La madre propina un grito de auténtico terror.


3.

- Las moras son esenciales, mamá. Parece que aún no lo sepas después de prepararlos durante... cuántos años tenías la última vez... Creo que unos quince... -extendiendo las manos en el aire y, continua, como si todo el azúcar del mundo pasara por sus papilas gustativas en ese mismo momento; la simple imagen mental del manjar desborda sus emociones -. ¡Quince años seguidos preparándolo! Por eso está tan... tan...
- Delicioso -completa Myrna agradecida-. Gracias por el halago. Todo se lo debemos a la receta de la señora Englund. Dale las gracias cuando la veas. Y ya sabes donde están las moras. Yo mientras elegiré un pescado para esta noche.
- Hoy no sé si es buena idea. ¿Y si me secuestran?
- Tú diles que tenemos la casa embargada y que solo votamos como candidato al comunista de Bernie Sanders.
Unos instantes después, Tobías ya había desaparecido entre la aglomeración. Myrna sopesó la idea de perder a su hijo mientras el frío de una lubina troceada le martilleaba los dedos. Los hipermercados -o, como ella los llamaba, "aeropuertos de calorías"- eran los lugares más transitados que ella conocía. Podía culparlos de su sobrepeso, cómo ya reflejaba la salud mental de los reponedores que recibían quejas absurdas e insidiosos susurros por parte de Myrna mientras hacían su trabajo, pero no de que en un descuido maternal enviaran a su hijo a México en un maletero. Los quejicas de gafitas viejas arregladas con cinta aislante solo eran responsables de objetos de consumo que no eran ni de ellos, no de objetos que les consumen... o sujetos... ¿Cómo iban a entender a una Madre? Indignante. Qué ultraje para la infrarrepresentación que sentía Myrna en aquellos jóvenes precarios recién salidos de sus carreras y arrojados a un mercado laboral que ahora les tomaba el pelo. No se preocupan por el cliente. Qué falta de empatía y de todo. Esto no podía quedar así. Se prometió que la próxima vez también se quejaría de ello.
Asintió con la cabeza dándose por satisfecha. Una vez volvió a poner los pies sobre la tierra, revisó en los frigoríficos los precios del panga y del salmón, sopesándolos en la mano como si de una experta perita se tratara -en empeño, por lo menos- pero sin buscar realmente nada sustancialmente físico, sino, simplemente esperando que su constante concentración abriera las puertas de una intuición reveladora. Por su cabeza aún nadaba el recuerdo de un documental sobre el panga, un pescado criado en ríos vietnamitas infestados de basura y otras porqueri... Panga. ¡PANGA! Sin duda. Su método infalible volvía a dar resultados... aunque fueran siempre el mismo: elegir de manera ortodoxa e inconsciente el más barato.
El panga fileteado se precipitó de las manos de Myrna y golpeó el interior del carrito de la compra, quedando brevemente en el ambiente un tintineo áspero. No había sido algo premeditado. Myrna había sentido una presencia hostil a sus espaldas. Algo estaba demasiado cerca de sus pantorrillas. De pronto, sintió un golpe en su muslo derecho y  su cadera fue rodeada. Un escalofrío se columpió en su espina dorsal.
Ladeó la cabeza mortificada hacia la izquierda, lentamente. Ahí estaba. Por suerte -o por desgracia-, ahí estaba una cara conocida, la famosa cara de somos desconocidas pero grandes amigas, una cara que contenía una mueca que se hacía pasar por sonrisa, tan efusivamente degenerada y artificial como el rigor mortis de un ortodoncista. Más que cordialidad o alegría, transmitía los pensamientos homicidas de un muñeco ventrílocuo, agazapado en las más profundas sombras de su desván.
La afilada mirada de Samantha Englund adquirió un toque avinagrado después de que Myrna contuviera en su rostro un desbarajuste de emociones y dilatara durante segundos eternos una reacción clara y audible. Por momentos pensó que se trataba de una ilusión borrosa. No la recordaba de esa manera exactamente. Intentó serenarse. No es lo mismo una fiesta que...
- ¡Pero a quién tenemos aquí! -espetó la voz compungida de Myrna, aún taquicárdica.
- Una vieja conocida, ¿no? Me he enterado de algo... ¿Harás alguna fiestecita? -le guiña el ojo mientras destila una sonrisa empalagosa. Enmarcaba una mirada escrita en un código solo reconocible para la gente que había sobrepasado la barrera de los cuarenta años; la mirada de Vas a beber. Yo también. Vamos a beber. Espero no acordarme de nada después. La vida es muy dura y lo es más que la polla de nuestros maridos. La vida... era esto... Esto. Lo que estamos descubriendo poco a poco. Se nos acaban los días, se nos caen las tetas y las ilusiones. Estamos atrapadas en una niebla de desazón incontrolable. Todo se vuelve silenciosamente insoportable...
Antes de que pudiera contestar ese intento coercitivo emocional de quid pro quo, aquello que había cercado sus pantorrillas se convirtió en Sheryl Englund y tomó la palabra. Sheryl, decorada con un lazo rosa en una de las trenzas con las que jugueteaba, espetó:
- ¿Habrá regalos para mí?

               Mientras las dos matriarcas seguían discutiendo los temas de intrascendente actualidad, de repente, los malos augurios de Myrna se cumplieron. Los ojos de Tobías vieron nacer la noche, arrebatándosele todo cuanto tenía delante. Ahora solo una oscuridad húmeda y calorífica recorría su zona ocular. Improvisadamente, había abandonado su misión para albergar otra de mayor urgencia, fisiológica. Mientras se estaba lavando las manos, vio de reojo que una de las puertas se abrían a su espalda. ¿Algo, alguien... con capucha? Tobías no reaccionó y esperó a que pasaran cosas, a que le hicieran cosas.
Vamos afuera; tengo algo que mostrarte dentro de mi furgoneta de los helados, dice la voz juguetona en la oscuridad. La reconoce. Una sonrisa eclosiona en su rostro y, sin mediar palabra, se deja llevar a tientas. Las puertas automáticas abren paso al extraño tándem sin ruedas que se aleja de los pitidos de las cajas registradoras. La sensación refrigerante que los envolvía pierde todo su efecto cuando el bochorno del exterior los golpea sin compasión.
Cuando las manos se apartaron, la luz se desbordó en sus ojos. Tuvo que parpadear varias veces hasta que pudo distinguir la parte trasera de la ranchera de su padre. Cerca del borde había una caja de cartón con tres agujeros; despedían unos jadeos intermitentes. Cuando Tobías acercó las manos a la tapa, se hizo un silencio expectante en el interior. Una gota de sudor resbalaba por su mejilla. Las manos quedaron suspendidas en el aire, petrificadas. Nervioso e inseguro, -pues Tobías era de naturaleza escéptica-, giró la cabeza lo suficiente para poder distinguir a sus exigentes espectadores: allí estaba su padre y Dave Englund, su secuestrador. El sabor salino embargó su boca y una mueca de desagrado condujo su rostro.
Sparkie -la catorceava mascota de Tobías y, el catorceavo nombre preasignado en una lista que Tobías tenía guardada mentalmente y que llegaba hasta el número cincuenta. La última mascota desapareció misteriosamente (como la aplastante mayoría)-, después de compartir unos cuántos lametones y abrazos, estresado, gruño un poco y forcejeo para que lo liberaran del caluroso e infatigable afecto humano.
Por un momento, todos pensaron que el perro moriría. Había conseguido librarse del regazo de Tobías y, acto seguido, corría felizmente hacia la carretera, justamente en la trayectoria de un monstruo de cuatro ruedas recubierto de óxido y conducido por un maniaco a gran velocidad.
- ¡SPARKIE! ¡Noooo... !
Pero Sparkie aún solo tenía edad para su lado salvaje y no escuchaba. Continuaba deslizándose por detrás de los coches. El conductor escuchó el grito desesperado y al mismo tiempo atisbó la silueta de un cachorro saltando hacia la rueda delantera. Los neumáticos rechinaron por la frenada en todo el aparcamiento.

4.

               El niño desenrosca las sabanas de la cama matrimonial pero no encuentra el cuerpo de su madre, sino un abultado cojín. La persiana está prácticamente cerrada, dejando la habitación en penumbra. Se oye el sonido de un interruptor y la luz artificial del baño contiguo desaparece, apareciendo tras ella Myrna, con la cabeza gacha, con el rostro sereno y reluciente, recién enjuagado, envuelta en su pijama blanco, decorado con motivos infantiles: unicornios, arcoíris y cupcakes. Con un sobresalto lánguido, atisba la figura de su hijo Tobías, como si fuera el centro de toda la sala, una decoración atrevida de tamaño real y de expresión preocupada. Entre los brazos, recostado, lleva un perrito profundamente dormido. No está segura, pero responde a la primera impresión:
- Eso es la muerte, hijo -mientras acaricia la sien del cachorro, exigua de vida; fría. Con la mandíbula apresa su lengüita. El rostro sofocado, desvanecido. No aparta la mirada de él.
Myrna le había cogido cariño y creía que era algo demasiado bello como para derramar tristeza en sus restos. Tobías, languidecido, contiene un nerviosismo que no le deja articular palabra; el nudo en la garganta aprieta fuerte. Un brillo húmedo recorre sus pupilas aguardando reproche:
- Ayer... estaba... muy cansado, cuando... dejamos-de-jugar-con-él.
Myrna lo mece maternalmente, aunque en vano, como a las madres que, para su desagrado, solo consiguen parir cadáveres. Tobías, más recompuesto, se pasa la manga por los ojos y prosigue:
- Le metí en su caseta. Pensaba que estaba MUY MUY cansado.
- Bajemos al jardín -dice su madre, suavemente.

***

               La figura de Myrna está hincando la rodilla sobre el césped. Coge unas flores y las deposita sobre tierra removida.
- ¿Para qué son las flores?
- Para despedir la vida con un regalo.


5.

- ¿Recuerdas lo que hablamos el otro día en la fiesta? El frío, tu chaqueta...
- ¡La anticipación! -gritó con fervor, levantando los brazos, tirando todo el castillo de cubos coloridos que había estado formando durante largo rato en la moqueta de la sala de estar.
- ¡Waya, gómo de ráffpido crece! - dice su padre entre dientes mientras aparece por la puerta masticando un sandwich de pavo. Prefiere comidas secas y sin condimentos jugosos, condición que recuerda a su personalidad.
<<Pues bien, ¿sabes cuando tienes sed?>>  <<Cuando se me seca la boca.>>  <<Bien, pues ahí también debes anticiparte.>> <<¿Antes de qué yo lo sepa?>> << Sí. Cuando está seca o tienes sed, significa que ya estás deshidratado y, por tanto, ya llegas tarde. Eso significa que falta agua en tu organismo, es decir, que necesitas hidratarte. Pregúntale mejor a tu padre que para algo lo estudió...>>
El padre hace señas desde umbral de la puerta, cortándose el cuello con el dedo y diciendo que no repetidamente con los labios mudos, de los que se escapa una cascada de migas hacia la moqueta. No tiene tiempo para estas tonterías; tengo mucho que hacer, piensa, y se aleja de la escena como un fantasma, como si su presencia no hubiera sido sentida.


6.

En la tumba solo quedaba un raquítico recuerdo mustio. Myrna, poseída por la lluvia de abejas y polen que había envuelto el cristal frontal cuando pasaba cerca del invernadero , no pudo dejar de pensar en ello. Rodeando la sepultura, erigieron un abrazo de flores azules...
- ... eternas y pacíficas.
Tobías se había quedado mirando absorto como las mecía el viento, que las hacía virar hacia un lado y hacia otro; la realidad se fundía en su cerebro; en él, también existía un vaivén similar.  Eternas, eternas...  Mientras tanto, el silencioso azul también miraba dentro de él. Pacíficas, pacíficas, pacíficas...


7.
FINAL I

Myrna se apoya en la pared suavemente como si se tratase de una cama vertical. En su cabeza, un tsunami hace que se balancee de lado a lado. Su rostro taciturno, resacoso, desolado y adormecido, se intensifica. Myrna tira los dados: la moqueta ahora es una cuerda floja por la que camina una equilibrista con zapatos gigantes de payaso mientras guiña alternativamente a la luz cegadora que entra por la ventana. La cuerda termina en medio de la estancia, a los pies de un sillón tapizado. Consigue su objetivo, desparramándose sobre él, aunque pagando la caída con el rostro y con un dolor vergonzoso. Con los músculos quebradizos del cuello y la fuerza menguante de sus manos, consigue encontrar una razonable comodidad a pesar del desgaste de la gomaespuma de relleno. A continuación, en la calma, advierte algo grave: no consigue alzar sus párpados; se siente cada vez más lejana de si misma, se desvanece en pensamientos de niebla. Por un momento cree percibir un dulce aroma floral, también un sonido leve, pero ya lejano. El olor no desaparece de su regazo. Ella sí, suavemente.


FINAL II

- Oh, gracias, ¡qué bonitas! Son las que plantamos los dos, ¿verdad?
El niño se inclinó sobre la mejilla de su madre, en la que dejó la baba de sus labios marcada subrepticiamente, y  arrastró saboreando un  fe-li-ci-da-des con el aire caliente de su aliento acechando el lóbulo de ella, como si fuera el último.


Continuará...

domingo, 12 de julio de 2020

13-09-2018, Bellreguard

                  Cerca del agua hay dos personas. Se podría decir de él que es un amante de la sensación de la arena en la nuca y el pelo. Ella, por su parte, se encuentra recostada, soportando su cabeza con la mano, en una posición idónea para contemplar el esperpéntico espectáculo; mientras, esconde un michelín rebelde en las caricias de la toalla mediante torsiones incómodas del cuerpo. El rostro sereno de él refulge de plenitud; mantiene los ojos cerrados. Ella, por su parte, sonríe desmesuradamente sin parar tras sus gafas de sol negras y misteriosas.
Sobre el cielo despejado, una gaviota desafía el viento artificialmente. Todo parecido con la realidad es mera coincidencia. A simple vista no se le detecta el cable acoplado en la espalda, pero deberá estar ahí.
Un mozo en su tumbona se rasca el bajo vientre con poca moderación mientras sostiene algo con las manos.  Podría ser un libro pero para él no sabemos qué es. A su lado pasa un niño con una tabla de surf verde chillón, que se adentra al mar tumbado con bastante pericia. Unas bollas (amarillas: cerca; rojas: lejos) enmarcan la zona segura para los bañistas.
Una señora que estaba entre la pareja y el mozo lector abandona la playa por el camino de madera, silla en mano. Esta sí que estaba leyendo indiscutiblemente. La huída de la señora contagia a la pareja, que desempolva sus posesiones y cubre su semidesnudez con ropajes. 

               Todo este teatro lo presencian desde dos bancos del paseo marítimo, un anciano y, otro adulto -cincuenta años más joven- que había decidido merendar observando las mareas, repasando su libreta rellena de apuntes de la historia de la Grecia Antigua y siendo perturbado por los viandantes que caminan a sus espaldas. Cuando esto último sucede, los músculos de su cuello se petrifican, sobretodo en la nuca; se masajea la zona con ternura para aliviar a la tensión. ¿Pretenderá el niño llegar hasta la roja?

               Desaparecen todas las sombrillas. Las cañas de pesca empiezan a remplazarlas.
Para ser mediados de septiembre, conservar en el ambiente la frescura de la lluvia del día anterior y tener el ocaso en actitud amenazante, sigue habiendo bastante movimiento. Los socorrista ya hace tiempo que no trabajan.
Casi en el precipicio del horizonte, una embarcación pequeña ara el agua. El niño pone de manifiesto el material de su transporte marítimo; el sonido molesto del corcho frotado y golpeado agita los tímpanos. Una persona de casi media edad toma varias duchas de cuerpo entero delante del adulto joven observador del banco, intimidándolo severamente; tanto que casi desaparece.  Ella parece insistir divertida.

               La playa iguala a todos. El anciano recibe compañía. Desde el banco, disfrutan de unas vistas cada vez más tenues con pasividad. Comparten un par de frases vagas y manidas y le devuelven el turno al silencio. Parece el resultado de una vida bien llevada que empieza a disfrutarse ahora. ¿No sería triste?
Un renacuajo escupe en el suelo. Desde la terraza de un bar cercano se arremolinan voces veteranas y mesetarias de alabanza al último dictador y condena al desastre que es hoy en día la patria querida. "Para bien o para mal, ganó una guerra", sentencia.

13-09-2018, Bellreguard

lunes, 28 de mayo de 2018

Al final sí que me asustó


   Estábamos a pocos metros pero ni si quiera lográbamos escuchar nuestras voces. Su puerta estaba cerrada. Ella oía pasos dentro de su cuarto y pensaba que era yo. Los pasos se acercaban. Rápidamente, pulso el interruptor y se hizo la luz. No había nadie más. Tan solo su reflejo en el espejo de delante de la cama.

    Ella había cerrado mi puerta. No podía dormir, tenía frío, estaba incómodo, me sentía solo. Observe su puerta desde el umbral de la mía. Cerrada. Pensaba que estaría en un sueño profundo. Me costó levantarme pues temía que los chirridos provenientes de los muelles de mi cama ahogaran la noche.

   Bajé las escaleras escrupulosamente, rodé la llave y salí de la casa. Salí a despejarme, pasear, tirar escupitajos al huerto vecino, mear en el rocío nocturno golpeando con el chorro la verja metálica oxidada, reflejarme en las estrellas. Sentía como que era uno de esos días que solía subir solo a este lugar.

   Mientras yo pensaba en saltar la valla para fundirme con la noche corriendo cual bestia nocturna, mi amiga no se atrevía ni si quiera a salir de la habitación. Tenía más frío que yo, estaba asustada por las murmuraciones de esa casa vieja, temía no encontrarme en mi sitio, temía que incluso la hubiera dejado tirada allí mismo, que me hubiera evaporado con el coche. Desde su puerta cerrada me habría estado llamando varias veces por mi nombre, pero nadie la llegó a escuchar ninguna vez. Yo continuaba afuera perdido en la oscuridad escuchando los sonidos de los animales que sí se habían atrevido a asaltar la noche. 
Después, volví a entrar. Antes de ello, me detuve dubitativo ante la puerta. Recorrí el patio. ¿En esa casa había alguien realmente? Miré de reojo por la ventana de la cocina y no me encontré con sus ojos. Entré y volví a cerrar con llave. Estaba frustrado, enfadado y triste.

   Yo solo quería dormir pero no podía. La casa se sentía vacía. Tan enorme, tan térmicamente extrema. La ascuas del fuego ya habían desaparecido bajo una sabana de ceniza. Recordaba el fulgor del fuego, como había devorado unos pares de troncos medianos. Ardían rápido, dando luz a ese gran salón rectangular; se reflejaba en el televisor un toque anaranjado mientras veíamos La ventana indiscreta. A los diez minutos, ella se estaba dormitando y amuermando, aunque solo fueran como las siete de la tarde.
Dejé todo aquella ensoñación allá, levante mi culo del sofá y volví a subir las escaleras tanteando el deseado sueño reparador. Realmente era como si no hubiese nadie más; el silencio era intenso. Esgrimí uno de mis zapatos y lo arrojé a su puerta. Nada. Solo me oía a mí mismo riéndome, como el niño que acaba de ejecutar una travesura, excitado al pensar en cómo se vengaría en medio de la noche cuando mis párpados cayeran pesadamente. No obtuve respuesta. Tampoco. Nada. Me dormí al fin.

  La oí mear en algún momento. Rápida y eficiente. Lo raro es que no oía sus pasos, solo el movimiento embarazoso de las puertas.

   Por la mañana, como ya le había vaticinado, el sol me despertaría antes que su alarma. No obstante, a pesar de desperezarme varias veces, volví a esconderme bajo la manta polvorienta. Y parece que me volví a recaer pues quería darle el placer de despertarme, ya que había tenido la gentileza de establecer la alarma mientras la despedía cortantemente, sin ella parar de enunciar horas ansiosamente, de cuál sería la mejor, <<8:00? 8:30? 9:00?...>>.

   Su dulce voz me despertó y lo primero que vi fue ese pelo rojo/rosado acompañado por unas gafas de cristales grandes que le conferían un toque cómico a su rostro juvenil. Y empezó a relatar, desde su punto de vista, los sufrimientos acontecidos de nuestra noche de mierda.

   Yo y mi amiga parece que estemos atrapados en dimensiones diferentes... Ayer fue todo muy raro. Al final sí que me asustó.


lunes, 25 de diciembre de 2017

Caos desbordado

               Se abrió una puerta y una mano tanteó el interruptor. La bombilla produjo un zumbido eléctrico mientras la corriente pasaba por el filamento metálico; solo emitió un pequeño fogonazo y volvió a dejar la habitación en una desquiciante penumbra, cuarteada por una ridícula ventana que quedaba a ras del suelo del jardín. A pesar de estar en un estado deplorable, dejaba entrever a través de si unos hierbajos indomesticables que ocultaban, en parte, un espumoso cielo, a excepción de  cuando el viento los mecía.  

               Una silueta empezó a descender sosegadamente por unas escaleras roídas por el tiempo; se resquebrajaban y hundían ligeramente con cada paso. Al mismo tiempo, deslizaba una mano por  la barandilla, áspera y rugosa. La luz era óptima para lo que allí iba a acontecer; transmitía una inquietud decadente, una señal de que la degeneración de la vulgaridad humana era factible en aquel lugar. La cordura brillaba por su ausencia en las paredes. La temperatura era unos grados inferior a la del exterior. Mientras tanto, todo se agitaba aunque permaneciera en estado de reposo.

               El lugar estaba repleto de zonas lóbregas conquistadas por objetos de toda índole, todos ellos olvidados a merced del polvo y la humedad, el tiempo, el exilio. Una tensión silenciosa salpicaba cada recoveco. Como en la mesa de trabajo, situada inmediatamente delante de las escaleras, emplazada en la pared derecha, ya olvidada por manos artesanas, soportaba el peso de diversas herramientas de gran magnitud; en esa misma pared, encima de la mesa, habían, colgados, utensilios de bricolaje como sierras, serruchos, reglas, destornilladores de diverso diámetro de punta ordenados por tamaño, martillos y otros útiles de mayor relevancia técnica para adecentar los detalles.
               Giró la cabeza: había adornos de navidad, guardados en grandes cajas apiladas a ras de pared en la esquina contraria, en el lugar más amargo del corazón. Un gran árbol desplumado, seco y triste quedaba desplomado sobre ellas, como si hubiera muerto de inanición. A pesar de que la familia no comulgaba con ninguna religión, durante aquellos festivos, la casa era ordenada como si perteneciese a una pareja de verdaderos santurrones. Caían en el juego; un juego donde el hogar, una vez al año, cobraba la vida que perdía año tras año, que transmitía a todos sus ocupantes; se contagiaba de un ambiente de júbilo y despreocupación, congregando a todos los componentes de la familia en tiernas comidas de gran interés social que se alargaban hasta la madrugada.
A la izquierda de esto, una cómoda, un tocadiscos sin aguja, un mueble-bar, un expositor de vinos casi vacío. No podía vislumbrarse si las botellas soportaban algún contenido salvo la capa grisácea que las envolvía. Bajo la escalera habían más cosas pero no podían distinguirse sin una iluminación óptima.
También, en la esquina adversa a la de la escalera -la que más pasaba desapercibida-, se encontraban cajas repletas de revistas viejas, retales de periódicos con fechas históricas (el primer hombre a la Luna y cosas por el estilo) con una conservación envidiable. Todo como muy romántico y melancólico.

               Al parecer, en el exterior, una nube siguió su camino y dejó entrever más el sol. Esto propició que destacara la figura central de aquel caos ordenado, intacta, inmóvil. Un haz de luz  incidió sobre ella, resaltando sus rasgos más portentosos -que eran pocos-: su palpable vejez y su sencillez. Quedaba envuelta por un aura de calidez celestial, una fragilidad angelical. Esto provocó una sonrisa abyecta de labios prietos en el rostro del hombre; salivó un poco por la comisura de los labios. Una epifanía sombría pareció chocar en las paredes internas del hombre mientras parecía contenerlas en las manos, que empezaron a temblar excitadas.

               Sin que sucediera nada más ni dentro ni fuera, giró todo su cuerpo automáticamente y cogió la maza que había dispuesta sobre la mesa de trabajo. La sopesó con las manos y la deslizó hasta obtener la posición de agarre idónea para asestar uno o varios golpes mortales.  Sus pies le llevaron hasta el centro de la habitación. Cargó el arma por encima de su hombro, acompañando el acto con una mirada despiadada, abyecta y fulminante, totalmente ida, desprovista de cualquier atisbo de humanidad. No cabía esperanza. Un silencio asfixiante y perturbador invadía las cuatro paredes. Una súplica silenciosa callaba en los entresijos de su objetivo.
Descargó repetidamente sobre el cuerpo inerte feroces acometidas con todas sus fuerzas, con decidida obstinación, hasta que el sudor se hizo presente en todo su cuerpo y, tanto fue así que tuvo que soltar el mango de la maza porque se le escurría. El suelo amortiguó el sonido seco del denso metal. Ya estaba hecho.

               Ni una sola palabra salió de aquel inmóvil cuerpo desdichado. Habían sofocado su voz y habían segado su vida útil. Ahora reinaba el caos, un caos desbordante, envolvente, constrictor; el desorden de sus adentros decoraba todo el pavimento. El caos se había desbordado. El contenido inundaba el suelo. Años de rabia acumulada sucumbieron delante de sus ojos. En sus pies había un trozo; y allí, y allá... Los cimientos de la presa ceden cuando todo el peso que retiene es insoportable.

**

               Los alaridos, las maldiciones, las promesas cumplidas, siempre son escuchadas por alguien, generalmente por Dios o su antagónico. En este caso, todo aquel disparate de berridos resonó en los tímpanos de la paseadora de perros del vecindario. Lo escuchó; paró brevemente, solo un momento: la verja era demasiado alta; no podía divisarse nada; <<El sonido no venía del jardín, pasaba por el jardín>>, se decía a sí misma. Solo escuchó... y siguió su rutina sin perturbarla lo más mínimo. No es que entendiera en exceso el idioma pero, aquello claramente no era asunto suyo. Un paso después, todo continuaba. <<En todos los países ser loco es un requisito democrático.>> No le dio más importancia a un loco más. Uno de los perros meó en la verja calmado; los otros, ponían sus orejas en punta cual antenas parabólicas, poniendo la máxima atención hasta que el sonido fue desvaneciéndose con cada nueva pezuña impresa en el asfalto.

***

- ¿Dónde está el abuelo -una voz emergió por la puerta semiabierta del sótano, acompañada de pasos ascendentes-? Aquí abajo no está -apareció la figura de una mujer por el umbral de la puerta-. ¿Y la abuela?¿Tú la has visto?

- Acabo de entrar; vengo de dejar a Petunia en ballet -suspiró fatigada, dejando las llaves encima de la mesa-. A la abuela la dejé durmiendo arriba, en mi cama, antes de irme. Del abuelo no hay rastro; ni de su furgoneta. Espero que arregle de una vez esa maldita lavadora. Se pasa todas las mañanas encerrado en el sótano. No entiendo que hace tanto tiempo ahí. La lavadora está siempre encendida. Ayer le dijo a Petunia que la arreglaría definitivamente. Es un cacharro estrepitoso que data de su boda y todo lo que pones dentro lo destruye. Conseguí venderle algunas camisetas roídas de óxido al novio hippie de la paseadora de perros del vecindario -añadió con un risa inocente mientras tentaba con la mano el brazo del sofá en el que quería sentarse-. Viven en una furgoneta sesentera de esas.

- Cuando lo llamaba por teléfono solía contarme que tenía insomnio porque la abuela le hablaba de noche en sueños, que no se callaba -dijo, con una cara descompuesta.

- Desde que te fuiste, la abuela, al poco tiempo, dejó de hablar. Siempre está débil. Nunca los veo juntos. Duermen en habitaciones separadas. El abuelo suele dar paseos nocturnos por la casa e incluso se pasa toda la noche fuera. Se ha vuelto muy serio y distante; me rehúye tanto como a la abuela. Petunia le tiene miedo. Le provoca pesadillas escuchar los pasos por toda la casa. Además, por si fuera poco, solo le habla a ella. La lavadora se calla cuando Petunia entra en casa. Es exagerado. Parece que esté obsesionado con ella. Petunia se ha vuelto silenciosa como un gato.

****

- ¡Tú! ¡TÚ! Creías que nunca llegaría este día, ¿verdad? ¿Creías que pasaría el resto de tu insignificante vida soportando tu ruinosa presencia y tus repugnantes sonidos? Escupiría sobre lo que queda de ti pero no mereces ni eso. Tú me llevaste a esta situación. No pude dormir ni un día. NI UN DÍA. ¿Y todo gracias a quién? Exacto. Tenía que dormir a veces en mi caravana. Los vecinos se pensaban que estaba loco y los del trabajo que ni siquiera tenía casa.
¡TODAS LAS SANTÍSIMAS NOCHES DEL SEÑOR RETUMBANDO EN MI CABEZA PENSAMIENTOS SOBRE TI Y LO QUE TE HARÍA UNO DE ESTOS DÍAS! Tenlo por seguro; no lo dudes. He estado planeando esto desde el primer día que te traje a esta casa. Y, ahora, ya está hecho. Ya estoy... tranquilo, satisfecho... Siento paz. Sé que a partir de ahora todo irá cuesta arriba. Por fin podré de dejar de culpar a mi mujer.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Los crímenes de Federico Moccia

               Se puede escribir en un día; en una tarde se escribió un crimen. Más de un crimen perturbó la tranquilidad de aquella casa. Federico Moccia, el autor de A tres metros sobre el cielo, con llantos rojos sobre el suelo. Federico Moccia, siendo Federico Moccia, haciendo lo que sabía hacer Federico Moccia.

            Era una tarde baldía, exhausta, sin avaricia, intacta, con un cuerpo sobre una manta. Una manta para el suelo, una alfombra, como es común llamarla. Solo hubo dos testigos. Algo entró por el candelabro, un bicho del suelo se escondió para verlo. El criminal, matarife de palabras, cruzó los azulejos, cruzó la carne, cruzó el suelo, cruzó la puerta, cruzó la cara, la garganta y el cuello. Hizo crujir, croó como una rana del tentempié tomado con desgana. Después cogió su sotana bajo la cual escondió todas sus ganas de ser encontrado en las portadas.

            Disimuló su miedo y no pisó nunca más unas canas, ni si quiera las suyas mismas, ni aunque hubiera tenido muchas ganas, la dicha era vana. Todo a tres metros bajo el suelo.

martes, 17 de octubre de 2017

Morfeo duerme

  Son las cinco de la mañana y, como ya viene siendo casi una tradición, mis ojos se han abierto como platos en una insondable oscuridad. Lo primero que hago es sentarme sobre la cama, posar los pies sobre el frío suelo y escrutar mi sien; me relaja y me recuerda un poco donde estoy; el tacto me pone en contacto con la realidad. Diría que pongo en orden mis pensamientos pero, la verdad, no tengo ninguno; me preparo para una tarea automática; normalmente, lo único que recorre mi cerebro es "otra vez", pero intento no prestarle importancia. El aire era espeso y asfixiante.

  Cuando me incorporo, voy tanteando con las manos los diferentes obstáculos: siempre me apoyo primero de un armario que me queda a la derecha; si fallo, me daré con el borde de este en la sien -un buen coscorrón-; a continuación, normalmente, encuentro el pomo y lo giro; si fallo, mi mano se resquebrajará contra la madera y lo sentiré como si le hubiera dado un puñetazo;  entro en la cocina y bebo un vaso de agua pero sin vaso; continuo por el pasillo -por donde entra una tenue claridad-  hasta llegar al baño; allí, observo mi reflejo y, evidentemente, no es que mis ojos estén como platos, es que hasta mis pupilas están dilatadas; ahora mismo no pasaría un test de droga si sólo se fijaran en las apariencias. Para estar desaliñado, me veo bastante bien con la barbita de tres días y la mueca de asombro; gano más sin camiseta y con cuatro horas de cama en el cuerpo, confirmado. Después de observar mi belleza y de que me suba un poco la autoestima -que irá desfalleciendo progresivamente durante el resto del día-, interactúo con el chorro de agua, junto mis manos formando una concavidad debajo de ella y arrojo despreocupadamente el líquido sobre toda mi cara; luego perfilo los lagrimales de los ojos en busca de legañas okupas. Estoy preparado para continuar.

  Si queréis que os sea sincero, creo que ya sé porqué estoy aquí ahora mismo. Tal vez fuera el estrés de ayer noche durante el curro, el beber una lata de zumo de limón a palo seco y, luego, comer restos de la cena de mis padres. Acto seguido me zambullí a la cama. Diez minutos después, volví a reunirme con mis padres delante del televisor -pues el vecino de abajo tenía el televisor a todo trapo y no me concentraba en mi sueño-, sometido en el sofá con un polo grande de nata, chocolate y almendras o nueces... no las distingo ahora mismo. Me lo terminé, me lavé los dientes y volví a la cama sin comunicarlo. Me desnudé e intenté dormir. Minutos después, cuando ya casi lo había conseguido, mi madre tuvo que abrir la puerta, la cual dejó pasar un haz segador de luz, para comunicar su disgusto con la desconsideración de no decirle que me iba a dormir. Por favor... seguro que ella tampoco ha podido dormir esta noche por tal hecho. Imaginaros la situación. Menos mal que me lo esperaba. Yo, tapando con mi pierna jamona toda la dote que me había regalado la genética de esta gente... En fin.

  Cuando dejaron de molestarme, me acaricie y pellizque un poco los testículos y, a partir de ese momento, la cinta de los recuerdos fue robada.

  Y aquí estaba, tirado sobre el sofá -otra vez-. Pero, esta vez, con compañía. Aún había mucha oscuridad y había un silencio eterno. Abrí completamente el ventanal y me asomé por él. Nada. Tranquilidad. Mis dos compañeros eran el señor Murakami y un libro sobre Santo Tomás de ¡Aquí-nó, Aquí-nó! (dos tochos como la copa de un pino).