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jueves, 2 de noviembre de 2017

Los crímenes de Federico Moccia

               Se puede escribir en un día; en una tarde se escribió un crimen. Más de un crimen perturbó la tranquilidad de aquella casa. Federico Moccia, el autor de A tres metros sobre el cielo, con llantos rojos sobre el suelo. Federico Moccia, siendo Federico Moccia, haciendo lo que sabía hacer Federico Moccia.

            Era una tarde baldía, exhausta, sin avaricia, intacta, con un cuerpo sobre una manta. Una manta para el suelo, una alfombra, como es común llamarla. Solo hubo dos testigos. Algo entró por el candelabro, un bicho del suelo se escondió para verlo. El criminal, matarife de palabras, cruzó los azulejos, cruzó la carne, cruzó el suelo, cruzó la puerta, cruzó la cara, la garganta y el cuello. Hizo crujir, croó como una rana del tentempié tomado con desgana. Después cogió su sotana bajo la cual escondió todas sus ganas de ser encontrado en las portadas.

            Disimuló su miedo y no pisó nunca más unas canas, ni si quiera las suyas mismas, ni aunque hubiera tenido muchas ganas, la dicha era vana. Todo a tres metros bajo el suelo.

jueves, 24 de agosto de 2017

Ataque frontal en plena disquisición

   Seguro que no os importa... ¡No importa! Un curso, un grado de formación como otro... ya sabéis.. no es de extrema importancia. ¡Alabada sea la relevancia!

   Arte minimalista por todas partes... bueno, arquitectura. [El narrador se hace el remolón]. Extrañamente, los servicios masculinos no rebosan de meada por todas partes. Parece ser que en la ciudad cambian algunas cosas... quién me lo iba a decir. Una de las variopintas sorpresas agradables con las que he podido satisfacer mi apetito curioso. Sé que es de muy mal gusto pero quisiera comparar esta ansia con... con un pedófilo a la puerta de una escuela un lunes a las cinco de la tarde -¿cinco de la tarde? ¿lunes? Pero qué puñetas...

   La precisión anterior (¿...?) me ha trastocado un poco. Querido/a lector/a (siempre el inclusivo; no cometeré el error de mis camaradas misóginos de siglos... añejos... dejémoslo en "anteriores"), seguramente usted esté... ¿bien? Lo siento. No voy a conversar con usted (posible lástima). Un libro es para perderse un rato en la cabeza de otra persona..., escuchando lo que yo quiera comunicarle.  También siento la flagrante demostración de prepotencia anterior. Volvamos al principio: <<Seguramente usted este...>> -sigo- esperando -mire el reloj...- a que continúe -¡no, enserio!¡mírelo!- mi gran relato, apasionante vida de un hombre inmigrante que... -¿ha mirado el reloj? ¿No le importo, verdad?¿Tiene que hacer algún otro quehacer?¿se siente que pierde el tiempo? Yo me siento así. Usted no tiene remedio. Pero, responda con sinceridad... ¿ha mirado, ojeado, observado, fisgoneado, aunque fuera de reojo el RELOJ?¿Sí? Entonces le comunico que es un completo gilipollas. ¡GI-LI-PO-LLAS! Deletréelo conmigo. Puede llegar a ser entretenidamente divertido. Contagioso. Si se atreve, siga usted mis huellas... siga usted mi voz. Tómeselo como un reto personal. Intente entenderme, empatice conmigo y nos llevaremos bien. Y no perderá el tiempo. Y no le insulto más. Lo siento por lo de antes. [En realidad no].

viernes, 19 de mayo de 2017

Danza en la lluvia s/ artilugio moderno que todo lo controla

- Me encanta. El abanico de posibilidades es... es... fascinante: las soledades encontradas, los constantes cuchillos que vuelan desde la sombra, relucientes cuchillos, el hipnótico deterioramiento de la retina ante la intensidad atrapada de veinte soles, las delicadas sinfonías carentes de cualquier atisbo de ingenio pero pegadizas, la bifurcación de las ideologías...
- Podrías callarte. No es algo tan profundo -interrumpió, lívidamente molesto.
- No es eso; soy yo. Crea un efecto demasiado evocador sobre mi debilidad pasional. Es un escarnio sobre mi intuición, o mejor... -nótese el absurdo pasaje que venía a continuación, silenciado.


Sin vacilar, sin aprensión alguna, requisó el valioso artilugio de las manos constrictoras, sudorosamente excitadas, y, sin pausa pero sin prisa, salió de la sala; una figura melancólica quedó solitariamente aprisionada en un cúmulo de emociones absurdas, extremas a la razón, con sus brazos colgando del cuerpo como queriendo desapresarse de esta condición inherente e inamovible. Por la ventana rugía una tempestad indomable, evocadora a tiempos de guerra, otros tiempos. A pesar de ello, el ladrón, atiborrado de pedantería, descendió las escaleras, abandonando la casa por la puerta principal. Instantes más tarde, se interpuso en aquella batalla meteorológica el desgarrador sonido de un proyectil, metálico, eléctrico, certero, eficaz, fatal. La casa vacía, la puerta entreabierta. Y luego, unos crujidos, una danza s/ un cuerpo abatido, inmóvil. La danza de la lluvia.